“Concordancias y discordancias en la relación del adolescente con su familia dentro del tratamiento”

Sin duda estamos atravesando por un período difícil en lo concerniente al tratamiento de los adolescentes, quienes cada vez llegan a nuestros consultorios en edades más tempranas. Hoy en día los trastornos alimentarios han alcanzado a los jóvenes de 10, 11, 12 años y esto por supuesto hace necesario que los padres tengan que involucrarse en el tratamiento de sus hijos.

Durante y después de la pandemia se han acrecentado las demandas de tratamiento y cada vez con problemáticas que abarcan síntomas graves. Además de los consabidos indicadores de los problemas concernientes a la conducta alimentaria, tales como: ayunos, atracones, vómitos, uso de laxantes, se agregan con mayor frecuencia: ideaciones e intentos suicidas, cutting y con asiduidad presentan un sin sentido de vida, una falta de proyecto futuro. En ocasiones, ya durante el tratamiento, no saben cómo nombrar lo que les acontece.

Recordemos que la adolescencia es un tránsito de por si difícil de trascender con éxito y que en este momento de la vida es cuando se presentan en forma de síntomas, las problemáticas que no se tramitaron en la infancia y que devienen en una “adolescencia patológica”, dando origen a: adicciones, trastornos alimentarios, con la consabida ansiedad y depresión que acompañan a estos padecimientos. En estos casos el tratamiento se vuelve indispensable, ya que la adolescencia representa una oportunidad para acomodar aquello que está desordenado en el interior y que provoca malestar.

Aquí es donde tenemos forzosamente que contar con las familias, específicamente con los padres, que en la mayoría de los casos son los que portan la angustia, ya que como lo hemos dicho en otras ocasiones, los jóvenes miran los trastornos alimentarios como una “solución” y por lo tanto no les interesa ir a terapia. Pero hay casos, y no son pocos, en los que el adolescente si quiere ayuda, lo cual expresan en diversas formas. Las más de las veces diciendo que se sienten atrapados por el trastorno, se han convertido en objetos del padecimiento, al que en un principio creían controlar. Esto lo expresan diciendo que se les fue de las manos, pero no tienen ni idea de cómo surgieron los síntomas y los colocan casi siempre en su deseo por estar delgadas, relatando en muchos casos, que tanto en la escuela como en sus casas se hablaba de dietas, ejercicios y sobre todo se miraba el sobrepeso o la obesidad como algo no deseable, produciéndose burlas, denigración y rechazo al cuerpo, situación que produce marcas y que llevan a estas jovencitas a castigar su cuerpo con diversos medios.

Estas situaciones de riesgo, que llevan a las y los adolescentes a producir los síntomas antes citados, nos conducen al hecho incontrovertible de integrar a los padres a los tratamientos para poder observar las concordancias y discordancias que se han producido en las familias al demandarnos tratamiento para sus hijos.

Para aclarar esto citaré alguna casuística: Una señora se presenta con su esposo e hija de 13 años, pide terapia ya que la hija, dice, está vomitando desde iniciada la pandemia, la hija parece no tener deseos propios y asiente en todo lo que su madre dice acerca de ella, el padre permanece callado. Cuando interrogo a los padres acerca de que piensan es lo que llevó a su hija al trastorno, la madre toma nuevamente la palabra y me dice que están a punto de divorciarse ya que ella sospecha infidelidad de parte de su marido, él lo niega. Los dos dicen haberle dado a su hija todo lo necesario: escuela, ropa, viajes, la madre agrega que siempre ha estado cerca de ella y que no comprende porque su hija hace lo que hace. En la siguiente sesión entrevisto a la chica y ella me relata que su madre la golpea y que su padre, cuando se enteró de unos juegos sexuales que ella había tenido, la golpeó y la insultó y que tiene una ansiedad que no puede controlar, que solo cortándose en las piernas y brazos logra calmarse un poco. Pero me llamó la atención que ella me dijo: “Bueno entiendo que me peguen, son mis padres”

 ¿Qué hacer con esta discordancia? Lo indicado es llamar a los padres con el objeto de hacerles ver que con golpear a su hija lo único que están logrando es que los síntomas del trastorno se intensifiquen. Indicándoles lo importante que ellos son para su hija y que más que pegarle habría que platicar con ella para que pueda saber que cuenta con ellos y que quizá si se acercan de otra manera, logren mejores resultados. Y también conversar con ellos acerca de lo que es la adolescencia y las vicisitudes por las cuales se atraviesa durante este período de la vida.

Como este caso tengo muchos más, pero para muestra baste este botón como indicio de lo importante que es establecer una alianza de los padres durante el proceso terapéutico de sus hijos. Sin lo cual es posible que no llegar a las metas propuestas para un tratamiento de adolescentes con estos incapacitantes trastornos.

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