Lo que el virus se llevó

No dejo de pensar en este encierro forzoso y en las palabras que se han vuelto representativas de estos momentos: la incertidumbre, lo impensable, lo imposible de olvidar, este virus globalizado, producto del capitalismo salvaje que padecemos.

Que afecta de diferente manera a las personas según los estratos sociales a los que se pertenezca.

Afecta ya a los que viven al día, que salen a vender y no tienen compradores, a los de los puestos de tacos, de tortas, de tamales, que no encuentran clientes para sus productos.

 Un poco menos a los que tienen pequeñas empresas: salones de belleza, tiendas que brindan servicios al público, pequeñas fondas y restaurantes, gimnasios,… en fin este virus se lleva la economía de muchos trabajadores que con esfuerzo han luchado por levantar sus lugares de trabajo, dando empleo a profesionistas, servidores de la salud, técnicos, empleados, emprendedores, comunicólogos…  que ahora se encuentran, (en el mejor de los casos) ejerciendo sus profesiones u oficios de manera virtual, ya que no todos se prestan a tal condición.

Y por supuesto el estrés, la ansiedad y la angustia habitan las mentes y los cuerpos de los sujetos ante la incertidumbre y duda de cuanto tiempo durará esta pandemia y que se llevará consigo el virus.

Pero hay que pensar que también se lleva nuestra prisa diaria por cumplir una rutina a la que hemos estado habituados, ahora tenemos más tiempo para pensar, podemos convivir con nuestra familia, con nuestra pareja, con nuestros hijos.

Esto puede resultar generador de más ansiedad, o bien hacer un alto en el camino y mirar con otros ojos a las personas que nos rodean, buscar mayor acercamiento emocional con los que convivimos. A lo mejor encontramos algo nuevo en los seres que nos rodean, podemos inventar juegos y explorar mundos desconocidos que por la prisa de la rutina diaria se encontraban escondidos.

Podemos revisar nuestras metas de vida, tenemos más tiempo para observarnos y observar al Otro.

Este virus se lleva la individualidad, ya que al cuidarme cuido al Otro.

Se lleva la vida rutinaria y nos empuja a la creatividad, a inventar nuevas rutinas, nuevas formas de aprovechar el tiempo.

Quizá hacer algo en casa que quise hacer y no hice por falta de tiempo, como arreglar algo, un closet, cambiar muebles de lugar, cocinar algo diferente, en fin, dejar volar la imaginación para explorar lo nuevo en pequeños detalles.

En fin: deja que el virus se lleve tu cansancio, tu tristeza, tu apatía…

Recuerda que:  “No hay mal que dure cien años”

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