VIVIR CON UN TRASTORNO ALIMENTICIO

Vivir con un trastorno alimenticio

El título que elegí conlleva dos líneas de reflexión que enmarcan una condición recurrente que encontramos desde la práctica clínica. Pueden ser meses, años, en ciertos casos, la mayor parte de sus vidas, a personas viviendo con un padecimiento alimentario. La primera línea supone un diagnóstico, un trastorno de la alimentación,  planteo desde ahí un lugar común para nombrar una serie de manifestaciones y conductas ligadas a la alimentación y a la imagen del cuerpo de una persona. Y la segunda se trata en reflexionar sobre las condiciones de vida que una persona puede tener cuando en aras “de resolver” algo de sí misma, puede llegar a consecuencias físicas y subjetivas muy complejas, y en algunos casos a la muerte.

Las razones por las cuales una persona deja de alimentarse, o lo hace de manera insuficiente o excesiva, o adelgaza pueden ser diversas y esto es lo primero a tomar en cuenta, no sólo a la hora de establecer un diagnóstico, sino también, en localizar un punto crítico sobre la mirada social a la hora de opinar, comentar, criticar, sobre los cuerpos propios y de los otros.  La negativa a comer puede tener causas psíquicas, deberse a una enfermedad orgánica, puede ser la manifestación de una psicosis, lo que coloca en primer plano esta situación. Entonces, dentro del campo de un diagnóstico diferencial es fundamental estas líneas de orientación, no solamente para dicho diagnóstico sino también para decidir su terapéutica. Es la sutileza que propone el psicoanálisis tanto el diagnóstico como en el abordaje.

Durante estos meses hemos recibido peticiones de atención de muchas personas que en el encierro y en el cambio de sus actividades han tenido un recrudecimiento de sus síntomas y que previo a estos acontecimientos habían logrado sostener cierto equilibrio. Algunos con diagnósticos y tratamientos previos, otros, nombrando por primera vez sus problemáticas, desesperados por el aislamiento social, encerrados con lo insoportable del entramado familiar, o por verse impotentes ante la desaparición de sus actividades compensatorias como ir al gimnasio, se han visto rebasados subjetivamente hablando, siendo la angustia el vehículo que los ha movilizado en el presente. En algunos casos con varios años viviendo con estos síntomas, en particular la anorexia, expresan de forma paradigmática “el apego de un sujeto a su síntoma”, rechazando no sólo la comida, sino también cualquier tipo de ayuda. Es por ello que en algunos casos, no en todos, estas condiciones han permitido que se encuentren con su angustia, condición fundamental para que puedan salir de la indiferencia, volver a alimentarse y a tener la opción de ubicar causas psicológicas en su posición, y así poder modificarlas.

Vivir con un trastorno alimentario implica sacrificar muchas cosas en la vida, así lo menciona una adolescente, dejar de ver a sus amigos, no participar de reuniones familiares, someterse a estrictas actividades de conteo de calorías, rutinas de ejercicio, dejar no sólo de comer lo que le gusta, sino de reír y sentirse libre, pues el llegar a pesar ciertos kilos, detener los cambios de su cuerpo y su crecimiento, es como una especie de “solución”, pero que a la larga, merma no sólo las condiciones físicas, sino sobre todo las posibilidades de elegir una vida con menos malestar. 

En el marco del trabajo institucional que realizamos en TRIA, cada año nos interesa participar en la conmemoración del Día internacional en la lucha contra los trastornos de la alimentación, fecha que insta a hacer visibles estas problemáticas, a generar espacios de reunión y discusión entre los diferentes actores involucrados, y así generar acciones de participación comunitaria y social. En este 2020, año que ha conmovido todas las esferas mundiales debido a la pandemia, no es la excepción. Tomar en cuenta los efectos de esta situación se vuelve indispensable pues ha alterado las condiciones actuales de vida para quien lo padece, las dificultades en llevar a cabo los tratamientos, por ejemplo en las hospitalizaciones o internamientos, y también está exigiendo a los profesionales y equipos de trabajo a organizar formas innovadoras de prestar atención.

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